Antes contaba las jorobas. Me daba coraje. Ya no. Y lo que quedó en lugar del coraje me costó más trabajo que el coraje.
Entras a un lugar y todos están mirando hacia abajo.
Todos. La cabeza colgando como fruta podrida, la jorobita formándose. Antes los contaba. En serio: medía cuánto duraban encorvados, casi calculaba la altura de la joroba. Me daba coraje.
Un coraje que no servía para nada, porque no los iba a cambiar, no los iba a aleccionar, no los iba a hacer entender.
1. Me atienden los dedos
Camino entre el gym, los talleres, las plazas, y voy pasando a un lado de pura gente embotada en su teléfono. Llego, digo buenos días, y nada. Silencio. Audífonos. Gente "educada" que no te oye porque está en otra parte.
Me han cobrado en una tienda sin voltear a verme una sola vez. Tecleando el producto, dándome la feria, los ojos clavados en un video, en un reel, en el chisme de quién anda con quién.
Me atienden los dedos, pero la persona no está.
La persona está en Francia. En Japón. En la foto de alguien que sí está haciendo algo distinto a estar en esa tienda conmigo.
2. Los tres segundos
Y luego, ironías, me toca ver a esos mismos bultos con la cabeza bien levantada. Mirando al cielo. A un paisaje hermoso. Los ojos cerrados como "meditando", como "pensando", como "analizando".
Y digo: wow.
Hasta que entiendo que solo es la foto.
Tres segundos. Levantan la cara, le dan flexibilidad al cuello, capturan la prueba de que estuvieron presentes — y vuelven a caer al ombligo.
Lo único que ven del cielo es lo que cabe en la pantalla. La montaña la conocen por la miniatura. El atardecer lo vivieron de espaldas, ocupados en encuadrarlo. No fueron al lugar: fueron a traerse el lugar. La vida entera convertida en evidencia de una vida que no están viviendo.
Y el cuello, pobre cuello, que solo se endereza para posar. Tres segundos de libertad y de vuelta a la jaula.
Me da gusto cuando alguien me da la mirada. Cuando alguien está sentado viendo un árbol. Cuando un viejito todavía camina viendo hacia adelante. Se me alegra algo.
Y luego pienso: qué triste que eso ya sea raro. Que ver a una persona siendo persona se haya vuelto una rareza que celebro como quien ve un animal en peligro de extinción.
3. El ostión que cayó mal
Ya no me enoja. De verdad ya no.
Es otra cosa. Como cuando comes un ostión que no estaba fresco y el cuerpo, sin drama, sin coraje, simplemente lo tiene que sacar. Algo que me cayó mal y que estoy expulsando.
Y al sacarlo, lo que queda no es rabia: es aceptación. No los voy a cambiar. No tengo que cambiarlos. Puedo pasar de largo.
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