Un Covid en Cámara Lenta
Deberían prohibir la Coca-Cola en los hospitales.
Entras a un hospital público en México. Pasas la recepción, caminas por el pasillo, llegas a la cafetería. Y ahí está: Coca-Cola. Sabritas. Galletas Marías. Pan dulce. Gansitos. Todo envuelto en plástico, todo cargado de azúcar, todo diseñado para darte un golpe de energía barata que tu cuerpo va a pagar caro en las próximas tres horas.
Miras a los pacientes en la fila. Miras al personal de salud en la otra fila. Y por un momento no puedes distinguir quién es quién por el peso.
El paciente
"Es que necesito algo por el bajón de azúcar. Con este calor, si no tomo algo me da algo."
Eso dice el paciente mientras destapa una Coca de 600. Lo mismo que resolvería con una naranja. O una mandarina clavada en la bolsa. O un litro de agua. O simplemente esperando media hora sin meter nada.
Pero no. Coca. Sabritas. Lo de siempre.
Y esto es lo menos preocupante. El paciente tiene su historia. Lleva años comiendo así. Vino al hospital precisamente porque algo en su cuerpo ya no aguantó. Nadie espera que cambie sus hábitos en la sala de espera.
Lo que alarma es lo otro.
El doctor
Los doctores. Las enfermeras. Los camilleros. Los que se supone que saben.
Los que te miran a los ojos y te dicen "tiene que bajar de peso" mientras cargan una coca de litro y unas papas para el turno de noche. Los que te recetan dieta y ejercicio pero pesan lo mismo que dos o tres pacientes promedio. Los que estudiaron ocho años de medicina, pasaron por anatomía, fisiología, bioquímica, endocrinología — saben exactamente qué le hace la azúcar al páncreas, qué le hace la grasa visceral al corazón, qué le hace el sedentarismo a los huesos — y lo hacen igual.
No estoy juzgando a las personas. Estoy señalando un patrón.
Los números son difíciles de ignorar.
En México, un estudio del IMSS encontró que el 53% del personal de enfermería presentaba obesidad. No sobrepeso — obesidad. En médicos la cifra era 36%. Otro estudio en una Unidad de Medicina Familiar reportó 42.9% de sobrepeso y 17.5% de obesidad en el personal de salud.
Esto no es un fenómeno mexicano. Una revisión global publicada en el Journal of Clinical Nursing analizó 83 estudios con más de 158,000 enfermeras en 29 países. La prevalencia mundial de sobrepeso fue 31.2% y de obesidad 16.3%. Las enfermeras tienen casi el doble de riesgo de obesidad comparado con otros trabajadores de salud. En un hospital terciario, el 80% del personal de enfermería presentaba sobrepeso u obesidad — contra el 60% de la población comparable.
El sistema que te dice "baje de peso" tiene al que te lo dice pesando el doble que tú.
El contagio
¿Qué está pasando?
Piénsalo como un contagio. No de un virus. De un patrón.
El Covid llegó, se extendió en semanas, colapsó sistemas de salud, paralizó países. Todo el mundo reaccionó. Cubrebocas. Vacunas. Encierros. Protocolos. Trillones de dólares movilizados. Porque era visible. Porque era rápido. Porque la gente se moría de un día para otro.
La obesidad lleva treinta años haciendo lo mismo. Pero en cámara lenta. Tan lenta que nadie la declaró pandemia. Tan lenta que se normalizó. Se volvió parte del paisaje. Dejamos de verla como enfermedad y empezamos a verla como "la forma en que somos."
En México, más del 75% de los adultos tiene sobrepeso u obesidad. Tres de cada cuatro. Según la ENSANUT 2022: 38.3% con sobrepeso y 36.9% con obesidad. Es la norma estadística. El que tiene peso normal es la excepción.
Y eso incluye al personal de salud. Al que te atiende. Al que te diagnostica. Al que te opera. El hospital está enfermo de lo mismo que trata.
Un Covid en cámara lenta. Solo que este no necesitó murciélago ni laboratorio. Se alimenta de Coca-Cola, turnos de 36 horas y comedores hospitalarios que sirven lo mismo que cualquier fonda de carretera.
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