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Paso 3Dirección

Mi Pronóstico para el Mundial

O por qué el campeón ya está decidido

Confesión de entrada

Ya empezó la gran fiesta. El Mundial. La mentada FIFA. Y aunque no te guste el futbol, es imposible no ser parte: está en cada pantalla, en cada conversación, en cada esquina. Así que voy a dar mi opinión — pero tómala desde donde viene: de alguien que no siente nada cuando ve una pelota cruzar una línea blanca.

Y no lo digo con orgullo. La verdad, quisiera sentir esa emoción que sienten millones. Esa que hace que un señor de cincuenta años llore abrazado de un desconocido. Pero a mí no me toca. Y justo por eso puedo ofrecerte algo distinto: no quiero ser el mamón que arruina la fiesta. Quiero ser el que está parado afuera del estadio, viendo otra cosa.

Porque desde afuera se ve algo que desde adentro no.


Mi quiniela

Saqué cuentas. Revisé lo que ha pasado en mundiales anteriores. Datos, hechos, historia. Y ya tengo mi quiniela — o como se diga, no soy experto en el formato.

Pero a diferencia de las quinielas normales, la mía no tiene riesgo. No estoy apostando. Estoy describiendo un resultado que ya ocurrió en los últimos diez mundiales y que va a volver a ocurrir en este.

Campeón indiscutible, por enésima vez consecutiva: la obesidad infantil.

No hay equipo que le compita. No hay defensa que la pare. Lleva décadas levantando el trofeo y nadie le ha metido un gol en contra.


El verdadero ganador del torneo

Aquí está el truco: la obesidad infantil no juega sola. Tiene un patrocinador. El mismo de siempre.

El logo rojo de letras blancas.

Fíjate en lo que pasa durante un partido. Un niño está viendo a su ídolo. El estadio explota. El gol. El llanto. El abrazo con su papá. La emoción más intensa que ese niño ha sentido en meses. Y de fondo, gigante, perfectamente colocado, el letrero rojo.

Eso no es decoración. Eso es ingeniería.

No necesitas ser experto en marketing para entenderlo. Ni siquiera necesitas preguntarle a la inteligencia artificial. Con mucho menos te das cuenta: el cerebro asocia. Es lo que hace. Emoción intensa más estímulo repetido igual a anclaje. Los publicistas lo saben desde hace un siglo — por eso el logo rojo lleva en los mundiales desde 1950, y como patrocinador oficial desde 1978. No pagan millones por caridad. Pagan porque funciona.

El resultado es que ese niño, semanas después, está acostado en su cuarto escuchando música, sin hambre, sin sed — y de repente le llegan las ganitas. El recuerdo del comercial. Su deportista favorito empinándose la botella. Entra a la tienda y es lo primero que ve, lo primero que pide, lo que se siente normal.

El gol nunca fue para la portería. Fue para su cabeza.


Los números del torneo

Esto no es teoría conspirativa. Es la realidad caminando por la calle.

México está entre los países con mayor obesidad infantil del mundo. Más de uno de cada tres niños en edad escolar carga sobrepeso u obesidad, según las encuestas nacionales de salud. Y también estamos en el podio mundial de consumo de refresco per cápita. Esas dos estadísticas no son coincidencia — son causa y efecto sentadas en la misma mesa.

Y la obesidad infantil no se queda en la infancia. Es la cuna de la obesidad adulta, de la diabetes tipo 2, de la inflamación crónica que después aparece "de la nada" a los cuarenta años. El niño que ancló el logo a sus emociones a los ocho años es el adulto que no entiende por qué no puede dejar el refresco a los treinta y ocho.

Mi quiniela completa quedaría así:

  • Campeón: la obesidad infantil
  • Subcampeón: la incongruencia (merece sección aparte, ahorita llegamos)
  • Tercer lugar: las casas de apuestas (la nueva contratación estrella del torneo)
  • Revelación del torneo: el sedentarismo de ver veinte partidos sentado celebrando "el deporte"

Esa última es mi favorita por lo absurda: el evento deportivo más grande del planeta se consume sentado, con comida ultraprocesada en la mano. El deporte lo hacen veintidós. Lo miran mil millones.


El subcampeón: la incongruencia

Aquí necesito ir con cuidado, porque es donde más fácil sueno a mamón. Pero también es donde está la observación más incómoda del torneo.

La incongruencia es esta: creer que comprando te conviertes en algo.

Que comprando la camisa de México eres más mexicano. Que comprando el álbum y llenándolo de estampitas eres más aficionado. Que pintándote los cachetes con la bandera eres más patriota. Que gritando GOL a todo pulmón estás ayudando a tu país.

Detente un segundo en cada una. ¿La camisa te hizo más mexicano que el señor que no la tiene? ¿El álbum lleno te acercó al deporte un solo centímetro? ¿Tu grito cruzó la pantalla y llegó a algún lado?

No es identidad. Es mercancía con bandera. Y la diferencia importa, porque la identidad se construye y la mercancía se compra — y nos vendieron que son lo mismo.

La versión más cruda de la incongruencia se ve al día siguiente del partido. Fuimos a "apoyar a México"... y México amaneció más sucio. Más basura en las calles, más ruido, más botellas en el Ángel, más caos. Apoyamos tanto a nuestro país que lo dejamos peor de como estaba. Si eso es apoyo, no quiero imaginar el abandono.

Y la capa más profunda: la energía. Durante un mes, millones de personas le entregan su atención, su emoción, su esperanza, sus gritos y hasta sus lágrimas a veintidós personas que patean una pelota. Todo tu poder personal, depositado en gente que no sabe que existes y a la que tu vida no le cambia nada. Sientes que contribuiste a algo grande — y es exactamente la sensación de contribuir, sin la contribución.

No digo que emocionarse esté mal. La emoción compartida es real y vale. Lo que señalo es el intercambio: das energía real y recibes la ilusión de haber hecho algo. Esa misma energía — esa pasión, esa entrega, ese mes de atención total — puesta en tu cuerpo, en tu familia, en tu calle, en tu trabajo, sí mueve algo. El marcador de tu vida sí registra esos goles.

La incongruencia queda subcampeona porque, a diferencia de la obesidad, esta sí pierde en cuanto la ves. No sobrevive a la pregunta simple: ¿esto que estoy haciendo, a quién le sirve de verdad?


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