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Los Orbitales de la Gente

Nadie cambia porque se lo pidas. Y nadie sobra donde está.

Nadie cambia porque se lo pidas. Y nadie sobra donde está.

Me cayó un veinte el otro día, acordándome de la escuela. De química. Los orbitales: 1s, 2p y ese rollo. Y de la energía que requería un electrón para pasar de una órbita a otra.

Y ando pensando en los niveles de energía de la gente. En cómo nos molesta o nos agrada alguien de acuerdo a en qué orbital estamos nosotros y en qué orbital están ellos.

Te pongo mis ejemplos, los de siempre: lo del celular y el mitote. Me duele cuando estoy cerca. Pero cuando logro relajarme, o entender, o trascender de alguna forma, me alejo — y no física ni emocionalmente, sino en grado de comprensión. De entender, por ejemplo, que la gente no va a cambiar ni va a mejorar porque yo lo quiera o lo pida. Va a cambiar cuando ya no tenga con quién golpear, a quién molestar. O al contrario: cuando tenga a alguien a quien ver, con quien compararse, para decidir si lo que está haciendo le está sirviendo o no.

Eso pensaba yo que era un veinte mío. Luego me acordé de la química y resulta que el átomo ya lo tenía resuelto desde antes de que existiera la gente.


El electrón no sube a sermones

Esto es física de a de veras, no de libro de superación:

Un electrón no va subiendo de orbital poco a poquito. No existe el medio salto. O le llega la cantidad exacta de energía y brinca completo, o no pasa absolutamente nada.

Y fíjate en el "exacta". Si le avientas energía de la frecuencia equivocada — aunque sea mucha, aunque sea con muy buena intención — el electrón ni se entera. Ni se mueve, ni se ofende, ni te lo agradece. Nada.

Ahora dime si eso no es idéntico a regañar a alguien. A pedirle que suelte el celular, que deje el mitote, que ya madure. Puro sermón a máximo volumen, y el otro ni se entera. No porque sea terco: porque el sermón no es la energía exacta. Es ruido de otra frecuencia.

Y hay otra cosa mejor: al electrón no lo puedes empujar con la mano. No hay manera mecánica de subirlo. Lo único que lo mueve es la luz — un fotón que traiga justo la frecuencia que ese electrón necesita.

O sea que con la gente solo puedes una cosa: ser luz visible. Si traes la frecuencia que esa persona necesita justo en ese momento de su vida, la absorbe y brinca solita. Y si no la traes, te atraviesa sin tocarla — y eso tampoco es fracaso tuyo. Así funciona la luz.


La luz sale cuando sueltas

Y aquí está la parte que me tumbó, porque la dije sin saber que era física: "cuando logro relajarme, deja de dolerme".

Resulta que un átomo agitado no ilumina nada. La luz se emite exactamente cuando el electrón suelta y se relaja. No cuando se esfuerza: cuando afloja.

El coraje que te da el mitote no alumbra a nadie. El dolor de ver a todos clavados en su pantalla no alumbra a nadie. Lo que alumbra es soltar. Y justo cuando sueltas — no antes — te conviertes en el "alguien a quien ver", en la comparación silenciosa que sí hace brincar a la gente.

Y lo de alejarse también lo tenía resuelto el átomo. El electrón que sube a un orbital más alto sigue en el mismo átomo, girando alrededor del mismo núcleo. No se fue de la casa, no se salió del pueblo, no dejó de ir a las carnes asadas. La distancia entre orbitales no es de espacio: es de energía. Puedes estar en la misma mesa que el mitote y ya no estar en su órbita.

Y los electrones que andan en orbitales distintos no chocan. Nunca. Por eso cuando de verdad cambias de nivel, el mitote deja de pegarte — no porque te escondas ni porque te hagas el fuerte, sino porque ya no compartes órbita con él. Si algo todavía te saca chispas, ahí tienes el diagnóstico gratis: siguen en el mismo orbital, o andas queriendo provocarle un salto que no te toca a ti.


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