El Ritual que No Ves. O Por Qué el Paracetamol No Fue Lo Que Te Curó.
Te ha pasado. A todos nos ha pasado.
Te sientes mal. Llevas días arrastrándote. Dolor de cabeza, cuerpo cortado, malestar general — algo no está bien. Aguantas un rato. Después otro. Hasta que un día decides que ya, que vas al doctor.
Llegas. Te revisan. Te recetan algo. Lo tomas. Y a los dos o tres días te sientes mejor.
"Fue el medicamento," dices. "Menos mal que fui."
Y sigues con tu vida.
Pero algo no cuadra. Porque si lo piensas con calma, la mejoría no empezó cuando tomaste la pastilla. Empezó antes. Mucho antes.
Lo que realmente pasó
Hagamos la reconstrucción de lo que ocurrió el día que fuiste al doctor. Paso por paso. Sin saltar nada.
Te levantaste diferente. No como todos los días, arrastrándote al trabajo o a la rutina. Te levantaste con un propósito distinto: voy a atenderme. Solo eso ya cambió algo. Tu cuerpo registró que por primera vez en semanas, la prioridad eras tú.
Caminaste. Al seguro, al consultorio, a donde fuera. Saliste de tu casa. Te moviste. Respiraste otro aire. Viste la calle, el sol, la gente. Tu cuerpo llevaba días en el mismo sillón, en la misma cama, en el mismo circuito cerrado de malestar. Y de pronto lo sacaste de ahí.
Dejaste la coca. Porque sabías que te iban a hacer análisis. O porque te sentías tan mal que por una vez no se te antojó. O porque algo en ti dijo "hoy no." El caso es que por un día, tu cuerpo no recibió la dosis habitual de azúcar, conservadores, ácido fosfórico y gas. Un día. Y respiró.
Te sentaste en la sala de espera. Sin hacer nada. Sin producir. Sin contestar mensajes urgentes. Sin Netflix. Solo tú y una silla de plástico. Un silencio forzado que no elegiste pero que tu mente necesitaba. Minutos, a veces horas, donde no había nada que hacer más que estar ahí. Y sin darte cuenta, empezaste a pensar. No en el trabajo. No en las cuentas. En ti. En qué te había llevado ahí. En qué estabas haciendo mal.
Hablaste con un desconocido. El señor de junto. El que lleva una bolsa de medicamentos del tamaño de un mandado. El que te contó que tiene diabetes y le acaban de encontrar algo en un riñón. El que camina con bastón y aun así llegó solo. Y de pronto tu gripa se sintió ridícula. No porque no importara — porque la perspectiva cambió. Te diste cuenta de que tu situación, comparada con la de él, era manejable. Eso no se compra en la farmacia.
Viste pasar a los muertitos. O a los que casi. Las camillas. Los tanques de oxígeno. Los familiares con cara de susto. Los que entraron caminando y van a salir en silla de ruedas, si salen. Eso es un recordatorio que ninguna app de bienestar puede replicar. No es un podcast sobre la muerte. No es una reflexión filosófica. Es la muerte pasando a tres metros de ti, en tiempo real, recordándote que ahí vas a dar si no te pones las pilas.
Alguien le puso nombre a lo que sentías. Un doctor, con su bata, te dijo "lo que tienes es esto." Y solo nombrar el problema te alivió. Ya no era el misterio. Ya no era el miedo sin forma. Era algo con nombre, con tratamiento, con pronóstico. Nombrar le quitó poder al monstruo.
Y al final de todo eso — después de levantarte con propósito, caminar, dejar la basura por un día, sentarte en silencio, recibir perspectiva, ver la muerte de cerca, y nombrar tu dolor — te dieron una pastilla.
Y tú le diste el crédito a la pastilla.
La ceremonia que nadie reconoce
Todas las culturas del mundo han tenido rituales de sanación. El chamán de una tribu amazónica no te daba una hierba y te mandaba a tu casa. Había preparación. Ayuno. Separación del grupo. Una caminata al lugar sagrado. Cantos. Espera. Confrontación con algo más grande que tú. Y al final, sí, la hierba. Pero la hierba era el cierre del ritual, no el ritual en sí.
El curandero en un pueblo de México te recibía en su casa. Te hacía sentar. Te escuchaba. Te miraba. Te pasaba un huevo por el cuerpo. Te rezaba algo. Te mandaba a bañarte con hierbas. Y al final te decía qué tenías. Todo un proceso. Toda una ceremonia.
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